domingo, 12 de marzo de 2017

Fukushima, seis años después: las consecuencias y las lecciones

El contador Geiger de una casa temporal, que acoge a los evacuados de la ciudad de Namie, indica un nivel de radiación de 0,106 microsievert por hora. Este tipo de contadores permite medir la radiactividad de un objeto o lugar al ser un detector de partículas y de radiaciones ionizantes. Foto: Toru Hanai/ Reuters

El accidente nuclear no provocó muertes por radiación, pero la evacuación causó más de mil muertes prematuras.

por Elisabeth Cardis y Adelaida Sarukhan

El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9 sacudió al este del Japón, seguido de un tsunami de 15 metros que desactivó el sistema de electricidad y enfriamiento de tres reactores de la planta nuclear de Fukushima Daiichi y provocó uno de los accidentes nucleares más graves de la historia.

Vista la cercanía con grandes urbes (Tokio está a poco más de 200 kilómetros), más de 10 millones de personas podrían haber quedado expuestas a la nube de radiación. Afortunadamente para las poblaciones (y en perjuicio de los ecosistemas costeros), gran parte de la radiactividad fue a parar al mar. Se estima que la cantidad de radiación en el aire fue de menos del 15 % que la liberada por el accidente nuclear de Chernóbil. Las mediciones individuales realizadas sobre trabajadores de la planta y la población evacuada (que se encontraba dentro de un radio de 20 kilómetros) muestran que efectivamente la dosis acumulativa promedio por persona fue unas 10 veces menor que la registrada en Chernóbil. Además, el análisis reciente de datos obtenidos a partir de unos 9.000 dosímetros que se distribuyeron a niños y mujeres de la ciudad de Date, que se encuentra a 60 kilómetros de la planta, indica que la radiación que recibieron fue menor que la registrada en las mediciones de radiación atmosférica realizadas por helicóptero.

Las consecuencias
Una de las principales consecuencias de Chernóbil en materia de salud fue el aumento significativo del cáncer de tiroides en los menores de edad. En cambio, si en Fukushima se ha observado un aumento de casos, ha sido como consecuencia de la puesta en marcha de un programa de cribado de niños potencialmente expuestos, que ha sacado a la luz casos que probablemente nunca hubiesen dado lugar a síntomas o a efectos sobre la salud. Las mediciones indican que la cantidad de yodo radioactivo absorbido por la tiroides fue varios órdenes de magnitud menor que la observada en las poblaciones de Chernóbil. Esto se debe en gran parte a las menores cantidades de radiación liberada, a la dieta rica en yodo de las poblaciones costeras (la deficiencia en yodo favorece la absorción del yodo radioactivo por la tiroides), y a la menor cantidad de leche consumida por los japoneses (el yodo radioactivo I131 se deposita en los prados que alimentan a las vacas), en comparación con las poblaciones de Chernóbil.

Esto no quiere decir que el accidente no tuviese consecuencias trágicas sobre la vida de las poblaciones cercanas a la planta. Más de 100.000 personas fueron evacuadas de sus hogares simplemente por principio de precaución. Todavía a día de hoy muchas personas siguen sin poder regresar a sus casas, con las consecuencias psicológicas, sociales y económicas que ello conlleva.

Aunque el accidente nuclear no provocó muertes directas por radiación, la evacuación causó más de 1.000 muertes prematuras, sobre todo durante los tres primeros meses y particularmente entre personas mayores que sufrieron el trauma y el estrés de abandonar sus hogares y entre pacientes hospitalizados en estado crítico que tuvieron que ser evacuados en condiciones poco adecuadas. Según la World Nuclear Association, el haber mantenido la evacuación más allá de los días que dictaba el principio de precaución fue la principal causa de muertes y sufrimiento humano.

Las lecciones (o qué hacer y qué no hacer en el futuro)
Según un informe de la OMS, el mayor impacto de salud por el accidente nuclear de Chernóbil, que ocurrió hace casi 31 años, fue en términos de salud mental. El suceso de Fukushima, aunque muy diferente en muchos sentidos, confirma el enorme impacto psicosocial de un accidente nuclear. Entre las lecciones aprendidas de ambos casos, destaca una conclusión general de cara a posibles accidentes nucleares futuros: toda decisión debe tomarse basada en el principio ético de hacer más bien que mal.

Bajo este principio, el cribado de cáncer de tiroides tras un accidente nuclear debe recomendarse sólo si las dosis de radiación absorbida y los niveles de deficiencia en yodo lo justifican. El cáncer de tiroides en jóvenes es agresivo, pero con muy buena prognosis. La experiencia en Chernóbil indica que, aún sin cribado sistemático, es un cáncer que en caso de evolución clínica se detecta fácilmente. Sobre una población de dos millones de niños de Bielorrusia (la región más afectada por la contaminación radioactiva de Chernóbil, donde miles de niños recibieron más de 1.000 mGy), se detectaron unos 50-60 casos por año, un aumento enorme si se considera que las tasas normales de incidencia son de menos de 1 caso por millón al año.

En Fukushima, donde el número de niños y adolescentes expuestos (alrededor de 300.000) y las dosis de yodo radioactivo absorbidas fueron mucho menores (100-1000 veces menos), no cabría esperar más de 1 caso por año como resultado de la radiación. Por lo tanto, el cribado sistemático de tiroides en niños puede producir más daños que beneficios: la tecnología de ecografía utilizada ha permitido detectar pequeños nódulos en más de la mitad de los niños examinados (una proporción similar a la observada en otras regiones de Japón no expuestas), generando una ansiedad innecesaria en los padres y en los niños y en algunos casos conduciendo a intervenciones quirúrgicas innecesarias, con el riesgo y consecuencias que ello implica (p.ej. tomar suplementos de hormonas tiroideas el resto de su vida).

Por otra parte, los planes de evacuación deben optimizarse para reducir el riesgo de exposición a la radiación, pero sin olvidar sus efectos negativos (sobre todo en las poblaciones frágiles) y asegurando un apoyo médico y psicológico adecuado. Además, las órdenes de evacuación deben levantarse lo antes posible para proteger la salud física y mental de las poblaciones evacuadas. Los accidentes pasados han mostrado cuán importante es que las comunidades desplazadas y/o afectadas reciban consejo y herramientas para medir la radiación por ellos mismos, participen en la toma de decisiones y recuperen, dentro de lo posible, el control de sus vidas.

Estas son algunas de las recomendaciones que comienzan a emanar del proyecto europeo Shamisen, cuyo objetivo es evaluar las lecciones aprendidas de accidentes pasados, en particular Chernóbil y Fukushima, para mejorar la preparación y el seguimiento de poblaciones afectadas por accidentes nucleares, según sus necesidades y sin generar una ansiedad innecesaria. El proyecto, coordinado por ISGlobal, reúne a expertos de 18 instituciones en Europa y Japón y presentará sus conclusiones finales a mediados de este año.
La investigadora Elisabeth Cardis es jefa del programa de Radiaciones del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal). Adelaida Sarukhan es experta en Inmunología y redactora científica en ISGlobal, un centro impulsado por la Obra Social ”la Caixa”.
Fuente:
Elisabeth Cardis, Adelaida Sarukhan, Fukushima, seis años después: las consecuencias y las lecciones, 11/03/17, El País.
Regreso a Fukushima, 11/03/17, El País.
Fukushima: seis años después de la catástrofe, 11/03/17, El País.

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